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| Jaime Ramón Orlando Olivo Avila (1983) |
El corazón de Jaime Ramón Orlando Olivo Ávila, (1963-1995), lleno de arte y de amor, se paro en la noche del 21 de junio de 1995, un miércoles, a causa de su gran pasión: “volar”. Entró en el “encantamiento”, como diría Guimaraes Rosa. A causa de un accidente cuando piloteaba un bimotor Dournier, de San Salvador hacía la ciudad de Guatemala. Una noche donde la lluvia era tan intensa que azotaban vientos huracanados, obligando a realizar un aterrizaje de emergencia donde pereció junto al copiloto Joel Omar Chavez y el piloto observador Rigoberto buenaventura. Según información de la torre de control, ese día se perdió contacto radial y de radar a las 23:11 horas, cuando Jaime anunciaba sus aproximación al aeropuerto La Aurora, de Guatemala, y reportaba dificultades para poder continuar el vuelo.
En sus años de juventud estudio en el Liceo Salvadoreño, donde gustaba de practicar futbol, natación y atletismo, y quien por ello fue apodado de cariño como “el majahual” y “el tortugo”. Sus grandes amigos en aquellos tiempos eran: Leopoldo Rivera Ticas “Polo cabezón”, José Humberto “la cholera" o "beto”, Martín Aguilar “El seco palotes”, Carlos Escobar “El chato” y Carlos Alejandro Morán “la nalga”.
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| Jaime Olivo en los intramuros del Liceo Salvadoreño (1981) |
Luego de graduarse de bachiller a sus cortos 18 años, se enlisto en la Escuela Militar Salvadoreña, y su trayectoria comenzó como todos, siendo un soldado más que debía soportar el régimen y la disciplina del cuartel militar. Durante esos años hizo nuevos amigos y hermanos, algunos partieron antes que él a causa de su lucha en el conflicto de la guerra civil: Chino Aparicio (quien pereció en el ataque que le hicieron al helicóptero del general Monterrosa), José Herrera Pimentel (piloto de helicóptero derribado en combate), Ricardo Guzmán Lara (piloto de helicóptero derribado en combate). Y otros que todavía viven y ejercen el servicio militar como: Nelson Hernádez Díaz
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| Pedro Sorto, Jaime Olivo y Jose "Picky" Castro en los primeros meses que se en listaron a la escuela militar (1981) |
La promoción a la cual Jaime pertenecía la bautizaron como "Los desmadrados", apodo atribuido porque fueron jóvenes que no contaron con el mismo entrenamiento recibido al de otros militares, ya que debido a la coyuntura del conflicto de ese año, les toco aprender en 3 meses lo que a otros les demoro 1 año. Porque una vez enlistados en noviembre debían estar listos para incorporarse al combate en enero de 1982. Es importante mencionar que mucho de aquellos compañeros de esta promoción lo componían jóvenes entre los 18 y 21 años.
La trayectoria de Jaime como aviador se hizo por casualidad. Cuando un día por la noche, estando con toda la tropa de soldados en el cuartel “El Paraíso” en Chalatenango, recibieron la visita de oficiales militares, quienes buscaban voluntarios para que recibieran entrenamiento en el manejo de aviones y helicópteros, y así formaran parte de la Fuerza Aérea Salvadoreña. Fue ese día, donde decide unirse y aprender el arte que tanto le apasiono en sus próximos años.
Un dato histórico marco ese mismo día en El Paraíso, y es que horas luego de partir de aquel cuartel militar, el recinto fue sorprendido por un ataque de la guerrilla, donde perecieron todos los soldados de aquella tropa militar a la cual el formaba parte.
Jaime Ramón Orlando Olivo era además de aviador, mi tío y padrino, y el mayor de los cuatro hijos que tuvieron mis abuelos maternos. Una vez escuche decir de un buen amigo jesuita que: «Hay siempre un sentido de Dios en todos los eventos humanos: es importante descubrirlo». Y mientras muchos hasta hoy seguimos buscando ese sentido que solamente en la fe podemos sospechar. Jaime lo logró descubrir y organizarlo en tres: Jaime Eduardo, María Liliana y José Ricardo. Sus tres hijos y amores.
Recuerdo también una vez que estando en la casa de mis abuelos, en horas de la tarde comenzamos a escuchar un sonido extraño, lo mas parecido a lo que podría asociarse al “latido del cielo”. Este sonido poco a poco iba ganado fuerza, al punto de escucharse tan fuerte y tan cerca que parecía estar sobre nuestro techo. Y efectivamente, al salir al jardín, aquel sonido a latido no era más que el de las hélices de un helicóptero UH-1H (modelo de los helicópteros utilizados en la guerra de Vietnam) y que era conducido por un piloto intrépido, que lo conducía hasta con cierta poesía, formando esferas elegíacas y círculos sobre la casa. Repetidas veces la escena fue la misma, a veces cuando nos encontrábamos afuera de la casa escuchábamos aquel sonido singular, cuando de repente aparecía aquel piloto que desde el helicóptero con los brazos extendidos saludaba con cierto ademán diciendo adiós. Recuerdo muy bien la imagen de una tarde jugando a la pelota frente a la casa, cuando estando con mi abuela Estela, vemos a mi tío pasar en el helicóptero, con sus ojos llenos de lagrimas de madre y su boca temblorosa decía simplemente: "¡Hay mi hijito!"
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| De izquierda a derecha los cuatro hermanos: Osmin Antonio Olivo, Lidice Lorena Olivo, Romel Olivo y Jaime Ramon Olivo (diciembre 1970) |
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| Mi madre Lidice Lorena Olivo y mi tío Jaime Ramón Olivo (1974) |
José Ignacio Lopez Vigil, en su libro “Las mil historias de radio venceremos”, en su historia el arambalazo (nombre debido al municipio de Arambala, ubicado en Morazán) relata como el día 15 de septiembre de 1985 se da un ataque en las montañas de oriente entre guerrilleros y militares. Ese mismo día el piloto del helicóptero Hughes 500 o la avispita como le llamaban, recibe la orden de apoyar el combate que se vivía en la zona. Esa mañana del enfrentamiento, el piloto se ve obligado en realizar maniobras casi a ras del suelo contra las ametralladoras M-60 de la guerilla. En el momento del combate, la radio venceremos por su rastreo de las comunicaciones, logra captar la comunicación entre el piloto y la base aérea, escuchándose decir en el momento del enfrentamiento: “Me quebraron el culo” (palabras del piloto), y efectivamente fue así, no por el hecho de haberlo derribado sino porque fue ahí donde le atravesó la bala, que lo obliga a realizar un aterrizaje de emergencia en la base militar más cercana ubicada en San Miguel.
Este fue el primer accidente aéreo que tuvo Jaime, quien a causa de la bala estuvo siete meses en el hospital militar, a base de cuidados y remedios. Luego logró recuperarse y con los meses siguientes solicito la baja de teniente y del servicio militar. Sin embargo su pasión por volar nunca se vio desfallecida. Quien cada vez que veía el cielo completamente azul sin nube a kilómetros solía decir: “Este es un lindo día para volar”
Algunos datos curiosos en el cotidiano de los días de Jaime, era que tomaba a pecho el no dejar de ver cada sábado las películas de Pedro Infante, así como también de ser el chef en cada asado que se realizaba junto con la familia en la casa de playa en San Diego. Del recuerdo de aquellas celebraciones, eran ver las imitaciones que él hacía de ser Shamu (nombre de la orca que ofrecía espectáculos en Sea World, Miami), revoleteando y saltando por cada rincón de la piscina familiar. Fiel seguidor de los Dallas Cowboys y el Alianza o como bien decía él “El Alianzita”.
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| Jaime Ramón Olivo, cocinando un cerdo en la casa de playa San Diego (1994) |
A medida transcurrían los años, se incorporo a la empresa COMATRA, que prestaba servicios de correos en Centroamérica. Fue en esa labor en que ocurrió su último viaje. El accidente tuvo como escenario las montañas de Fraijanes en Guatemala, largas horas de búsqueda dieron inicio por parte de bomberos, cuerpos de rescate y de familiares, como nuestro tío Manuel Isidro quien no vacilo y acompaño la travesía de la búsqueda al momento de saber la noticia. Si aquella noche como familia hubiéramos imaginado para mi tío Jaime el paso más delicado de esta vida a la otra, ciertamente no hubiéramos tenido la suficiente fantasía como para imaginar lo que sucedió. Esa noche estábamos durmiendo cuando ocurrió el accidente. Mientras el volaba de un sueño a otro, como una nueva aventura y alegría sin conciencia de su propio fin, tan alegre y humano como vivió sus 31 años de vida. Muy bien recuerdo las palabras de Manuel Isidro al momento en que mi madre le pregunto ¿cómo encontraste su cuerpo? ¿sufrió mucho? él simplemente extendiéndole un sobre con las pertenencias de Jaime, y abrasándola con cierta ternura le dijo: “Se quedo como vivió: con el semblante risueño”.
Sin lugar a dudas, si la vida es una sorpresa, la muerte es sorprendente. Situados en esta existencia como resultado de un encuentro amoroso entre un hombre y una mujer, lamentamos abandonar el cálido nido del útero, el reino ajeno a la conciencia, la fruición permanente, el aflorar de los tejidos, de los músculos, de los miembros, de los órganos, del ser. De repente, en el transcurso de unos pocos meses, nos encontramos castrados del vínculo placentario y situados en el flujo planetario.
Salimos bajo protesta. Los pulmones se hartan de llorar, el hambre y el desamparo nos impulsan a la búsqueda ansiosa del seno materno. Roto el lazo orgánico, sea bienvenido el abrazo afectuoso. He ahí la vida, la espaciosa vida, la lenta apertura a una aventura que culminará en la muerte.
Fruto de la coincidencia del destino de esta vida, sucedió algo bello y especial entre mi tío y yo: el aniversario de cumpleaños. Ambos nacimos un 17 de julio. Y del recuerdo de aquellas celebraciones fueron sus obsequios que recibí de niño como: el uniforme de militar que me trajo de su viaje a EEUU, mis primeras "chimpinilleras" para jugar futbol, diferentes juegos de mesa o cuando celebre mis doce años, donde como un mago estrecho mi mano para felicitarme, y colocarme un billete de 100 colones. Vivencias de estos y más, forman ahora el aura de mis recuerdos, luces y detalles que terminaron convirtiendo a mi tío en mi héroe de aquella infancia, al que quería algún día imitar y convertirme como él lo hizo en piloto militar de la Fuerza Aérea Salvadoreña.
Ciertamente la vida es un milagro excepcionalmente hermoso para encorsetarlo en los pocos años que nos son dados vivir. Jaime falleció a la edad de 31 años, la misma edad que ahora yo estoy cumpliendo. Y aunque mi sueño de ser aviador militar no lo pude cumplir, el sentimiento y la emoción que siento al escuchar el latido del cielo, o el de estar sobre un avión en dirección a cualquier destino, hacen que mi infancia reviva y se emocione, imaginando que es mi propio tío Jaime quien pilotea con su traje de piloto militar.
Es un consuelo saber que Jaime no conoció el sufrimiento que acostumbra anteceder a la muerte: la decrepitud de la vejez, la corrosión de la enfermedad, la demencia, Transcendió haciendo lo que más amaba volando. Salió del capullo y se convirtió en mariposa para entrar en el encantamiento.
Según el Génesis en el tiempo del diluvio cuando la paloma retorno a Noé, que esperaba en el arca, esta llevaba en su pico una hoja de Olivo como símbolo de que la tierra está nuevamente en paz con Dios. Seguramente Dios, en aquella noche del accidente le avisó que eran sus últimos momentos de vuelo terrenal. Y, al igual que las aves del cielo y los lirios del campo, ya no se preocuparía por lo que habría de comer o de vestir. Lo invito a despojarse de todo cuanto no era esencial. De ese modo su espíritu quedó libre, haciendo lo que más amaba. Siendo él esa misma noche la rama de Olivo que nos ofrendaba no solo paz, sino todo, porque si a Jaime se le dejaba a su aire, lo regalaba todo en vida: sonrisas, cariño, alegría, abrazos. Y, sobre todo, nos enseñó a amar, pues era todo afecto. Por eso la tragedia no puede tener la última palabra. La tiene la vida, en su esplendor solar. Por ello y mas, no me gusta el verbo morir. Prefiero utilizar la palabra “transvivenciar”. Por una cuestión de fe y de sentimiento. Cuando nacemos todos ríen y nosotros estamos llorando. Pero cuando transvivenciamos sucede lo contrario.
Porque la muerte nos reduce al verdadero yo, sin los adornos de condición social, apellido, títulos, propiedades, importancia o cuenta bancaria. Es la ruptura de todos los vínculos que nos atan a lo accidental. Los místicos la encaran con tranquilidad para ejercer el desapego respecto a todos los valores finitos. Cultivan, en la subjetividad, valores infinitos. Y hacen de la vida un don de sí: amor. Por eso Teresa de Ávila suspiraba: “Muero por no morir”.
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| Osmin Antonio Olivo, Jaime Ramón Olivo y María Estela Olivo |
Jaime era un aviador profundamente espiritualizado. El consuelo es la certeza que vive ahora inmortalizado en el corazón de nuestra familia y sus amigos. Y en este 17 de julio que compartimos nuevamente nuestro aniversario, él desde su Bienaventuranza y yo desde esta vida terrenal. Quiero dedicarle como ofrenda de mi amor y cariño hacia él, estas sencillas palabras:
«Jaime fueron treinta y un años, próximo a los de Jesús/Años de mucho trabajo y alegrías/de mucho fruto/de guardar el dolor de otros hermanos tuyos aviadores fallecidos/En tu propio corazón, como rescate/Eras límpido como la fuente de la montaña/Amable y tierno como la flor del campo/Tejiste, punto por punto, y en silencio/Un brocado precioso/Tres pequeños, fuertes y hermosos/Y tus padres, hermanos y sobrinos orgullosos de ti/Feliz tú, Jaime, pues el Señor al volver /Te encontró de pie, trabajando, volando/Lámpara encendida/Y tú caíste en su regazo/Para el abrazo infinito de la Paz/ Tu recuerdo es para nosotros canto, luz, camino y caricia/Ahora retraete de todo lo demás para solamente volar, porque es tu única e inapelable sentencia de vida».
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| Jaime Ramón Orlando Olivo Avila (1994) |
¡Feliz cumpleaños!
Mauricio Antonio Iraheta Olivo.