Símbolos que han estado presentes en el bolso de viaje. Y como un pequeño Job resumen mi libro y memoria.
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Alzando vuelo
Van sumando 10 meses desde que partimos de El Salvador. Y sin querer, el viento nos llevo unos dias por Islandia. Un pedazo de tierra del otro lado del polo famosa por sus vikingos, elfos, orcas, hielo, hielo, y mucho, mucho hielo! (creo que dejo claro que hacia frio). En un momento estando en las piscinas termales de la capital Reykyavik, estallo un armónico concierto en el cielo, al alzar nuestra mirada vimos que eran gansos graznando y volando en V.
Al instante, el instinto salvatrucho te transporta a otras ventanas abiertas que dejaste atras. De aquel patio y abertura en San Salvador que encerraba un pedazo de cielo, y a lo lejos el bullicio de los lindos chocoyos que pasan y anuncian tras su aleteo el fin de la tarde. Una nube de alas...que bajan, que suben, esas lindas esmeraldas que prenden de un collar en vuelo y que van donde les apunta el pico trazando una verde curva en el ambiente. Que se alejan, y siguen alejando.....pero van todos tan juntos, que mas bien parecen renglones de puntos....Y luego en un arbol asi como cuando se esta deshojando, se vuelven a reposar en sus ramas estas tiernas hojitas de jade viajeras.
Es increíble como a medida que sumas distancias el sonido del cielo te susurra. Aquella tarde mas de alguna nostalgia se me salto a los ojos. Fue entonces que me di cuenta por primera vez que tan lejos se esta de casa.
Al instante, el instinto salvatrucho te transporta a otras ventanas abiertas que dejaste atras. De aquel patio y abertura en San Salvador que encerraba un pedazo de cielo, y a lo lejos el bullicio de los lindos chocoyos que pasan y anuncian tras su aleteo el fin de la tarde. Una nube de alas...que bajan, que suben, esas lindas esmeraldas que prenden de un collar en vuelo y que van donde les apunta el pico trazando una verde curva en el ambiente. Que se alejan, y siguen alejando.....pero van todos tan juntos, que mas bien parecen renglones de puntos....Y luego en un arbol asi como cuando se esta deshojando, se vuelven a reposar en sus ramas estas tiernas hojitas de jade viajeras.
Es increíble como a medida que sumas distancias el sonido del cielo te susurra. Aquella tarde mas de alguna nostalgia se me salto a los ojos. Fue entonces que me di cuenta por primera vez que tan lejos se esta de casa.
Ciertas tertulias
Esas tierras desconocidas
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| Libro que encontramos en Vik, Islandia. |
Atravesar la puerta que separa nuestro mundo de aquello que desconocemos es tal vez el más genuino gesto de valentía. Los más audaces navegantes, los exploradores natos, los ávidos forjadores de acertijos o aquellos literatos que osaron nombrar lo que la imaginación aún no tocaba, son todas figuras que ilustran con nobleza este arrojo.
En el arte de la cartografía medieval se designaba como terra incognita a esas regiones del globo todavía no descifradas. Aquello que está ahí, al otro lado del mar y que comienza justo donde nuestro mundo termina. Ahí donde la niebla dicta sus leyes inaudibles.
“La más antigua e intensa emoción del ser humano es el miedo, y el miedo más añejo y tajante es el miedo a lo desconocido” decía Lovecraft, sugiriendo un origen biológico o un carácter arquetípico de esta actitud. Pero, vale la pena decirlo, lo desconocido es un reino al cual históricamente se nos enseñó a temer –incluso la leyenda terra incognita era en ocasiones reemplazada por hic sunt dracones, presumiendo que los territorios que se conservaban intactos eran nido de dragones y otras monstruosas criaturas–.
Ese miedo cultural que nos detona lo desconocido, y que quizá tenga antecedentes en la biología de la supervivencia, no solo actúa a nivel especie o sociedad, se replica también a escalas micro.
Cada quien tiene su propia terra incognita, aquello que nos habita pero que preferimos eludir, y que en el plano de la psique Jung llamó “la sombra”. Otro buen ejemplo de la tierra desconocida ocurre en el campo del conocimiento, en particular el científico. Los hombres de ciencia trabajan, en tiempo real, ganar campo a los misterios del universo y así extender los límites de lo familiar.
Parece imposible no empatizar, pues todos lo hemos experimentado, con el temor que nos impone lo que desconocemos. A fin de cuentas, la virginidad intimida. Sin embargo, precisamente de esas ignotas praderas se ha extraído buena parte de la realidad humana: todo descubrimiento implica el abordaje y “conquista” de algo hasta entonces inasequible, y casi todo lo que hoy conocemos, alguna vez nos fue ignorado. De hecho la utopía está cimentada, por definición, en estos terrenos.
Desde esta perspectiva el desarrollo de nuestra especie encontró en la terra incognita a su mejor aliada, pues nuestro crecimiento es proporcional al espacio que ella nos ofrece. Aquello que no conocemos es un reto, uno que en buena medida dota de sentido a nuestra existencia; es un llamado a visualizar, nombrar y asir aquello con lo que hasta ese momento coexistimos solo a medias. Es la oportunidad por excelencia de crecer. Lo desconocido es simplemente una invitación, pero quizá la más excitante de todas, a ni más ni menos que conocer.
Al fin las Auroras Boreales!!!!
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| Reykyavik, Islandia. |
Con algunas pocas excepciones, la belleza, en el sentido más completo del término, alcanza su punto culminante en manifestaciones cortesía de la naturaleza. La geometría de la orquídea, el colorido bagaje del pavorreal o el quetzal, los ritmos inquietos de las grietas sobre los muros de piedra o la evanescente elegancia de la niebla, son solo algunos de los incontables ejemplos que podríamos citar a favor de la premisa anterior.
Entre la miríada de obsequios que la naturaleza convida a nuestros sentidos, paraísos tajantes destinados a impartir lecciones de hermosura y perfección, existe uno particularmente radiante –quizá porque reúne una serie de cualidades que, en conjunto, pueden fácilmente inducir un estado extático. Me refiero a las auroras boreales.
Esas coreografías edénicas que marcan la memoria de cualquiera que tiene el privilegio de presenciarlas, las auroras son exclusivas de las latitudes más extremas. Y tal vez esta exuberancia geográfica termina por cotizar aún más su belleza implícita.
En estos dias por Islandia, hemos estado atento a su caza. Cada noche acampando en lugares alejados de la luz artificial como playas, montañas y hasta en un cementerio vikingo incrustado en una cima. Noches, en que las temperaturas extremas hacian que nuestros aparatos electronicos se escarcharan y dejaran de funcionar. Sensaciones en que el frio en los dedos solo se compara a la machucada erronea del martillo. En fin, varias horas y noches en que el cielo no respondia a nuestra espera y plegaria.
Sin embargo, fue esta noche cuando caminabamos cerca de la bahía en Reykyavik que de repente el cielo se ilumino con las rafagas de esas bellas luciernagas de escandinavia. Y aunque hubo demasiada luz artificial, el momento fue sencillamente magico! Y solo puedo asegurarles algo, que en Islandia los sueños lucidos se destilan en paisaje que marcaran la vida de todo aquel que la visita.
A continuacion comparto fotos de la noche.
Mauricio Iraheta Olivo.
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Noche en la cima de un cementerio vikingo a fuerzas de te caliente. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
| Noches a la espera de auroras boreales. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Noches a la espera de auroras boreales. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
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| Reykyavik, Islandia. |
¿Porque es importante ser marinero?
mayor que mis estudios. No consigo
leerme por debajo, serme dueño,
tenerlas todas, a la vez, conmigo.
Flotan sombras de mí, maderas muertas.
Pero la estrella nace sin reproche
sobre las manos de este niño, expertas,
que conquistan las aguas y la noche.
Me ha de bastar saber que Tú me sabes
entero, desde antes de mis días;
que en Ti voy siendo la verdad que hago;
que has puesto en mis tesoros y en mis llaves
Tus luminosos ojos por vigías
¡y que eres mi Camino de Viaje!
Tocantins amazónico
Para pensar en marineros desde aquí, tierra firme, es necesario si no haber leído algo sobre ellos, haber dedicado tiempo a imaginar ser ellos (o ambas, en el mejor de los casos). Pero hay imaginaciones que a su vez necesitan ser vividas. La vida de los marinos está envuelta en un halo de lejanía, ya sea de tiempo, distancia, o en un exilio que toma la forma de un enigma.
Quizás uno de los ejercicios imaginativos más fecundos sea pensar que nos lanzamos a la mar en una embarcación por tiempo indefinido. ¿Qué significa para la mente, para el cuerpo, dejar de ver tierra por tantos meses? La pregunta no tiene una respuesta clara, pero sí es una caja de pandora.
Primero está el sentido de “casa”, el cual nos ocupa a todos, toda la vida. La casa de un marino es su barco y su recuerdo. No por nada la personificación del barco, el artículo femenino con el que se le refiere, es costumbre universal y auguriosa. El barco como madre de los que la navegan: sus hijos adoptivos. En la búsqueda de casa, el recuerdo y la anticipación se funden para el marino en una sola cosa. Es el pasado añorable y la promesa del futuro! Como si vivieran en una tierra de nadie, los marinos van de morada en morada. Una vez que llegan se van.
Y aunque por definición, tanto en tierra como en mar, la búsqueda del hogar sea figurativa, en tierra existen placebos materiales y relaciones íntimas que cumplen la función de alojarnos por un tiempo. El navegante en cambio se tatúa golondrinas (que indican hacia casa) o rosas de los vientos, y canta canciones folclóricas y tristes procedentes de su tierra. Nunca se está más solo que cuando se está rodeado de agua.
En segundo lugar está el vivir rodeado de lo desconocido -el mar-, y a entera merced de sus disposiciones. Un marino es un hombre que vive fuera de su mundo, un turista extraño que gracias sus habilidades náuticas puede residir en la superficie de un mundo que no le pertenece, y que nunca lo hará. Melville describe la otredad del mar como un espejo de lo humano:
"Considera la sutileza del mar; cómo sus criaturas más temidas se deslizan bajo el agua, mayormente inadvertidas, y traicioneramente escondidas bajo los más bellos tintes de azul. Considera también la diabólica brillantez y belleza de muchas de sus tribus más implacables, como la delicada y embellecida forma de tantas especies de tiburones. Considera, una vez más, el canibalismo universal del mar; todas sus criaturas cazándose unas a otras, llevando consigo la guerra eterna desde los comienzos del mundo.
Considera todo esto; y luego voltea hacia esta verde, suave y dócil tierra; considera los dos, el mar y la tierra; y ¿no encuentras una extraña analogía de algo en ti mismo?"
Moby Dick
No descartemos que la vida náutica tiene sus propias leyes, vocabulario y mitología: no hay nada ejecutable que de un mundo pueda transferirse al otro (cada uno se salva por sí mismo, por decirlo de alguna manera) pero en su naturaleza figurada, la navegación es la metáfora perfecta para la vida humana. Por comparación, el meta-discurso de la humanidad puede bien ser explicado en términos náuticos: La vida como viaje, la búsqueda de casa, estar a merced de la naturaleza, la deriva como analogía de vida, el naufragio como muerte o fracaso, son algunas de las más populares.
¿Cómo es que un tema tan extraño nos alude a todos? Explicar los problemas de esta vida mencionando actividades propias solamente de la navegación es el epítome del conocimiento teórico. “Lo otro es siempre el mejor reflejo de esto”. Y entre más alejado uno de otro, mejor será el resultado (como pasa en Alicia, a través del espejo de Lewis Carroll). Así es como algunos nos explicamos el mundo, por meta-compararlo con algún otro.
Pensar en barcos desde la tierra es darle a la imaginación un vehículo –el barco- para cargar cualquier cosa; cualquier idea sobre la vida, el mundo y la muerte. Pero la navegación seguirá siendo un recurso retórico para el que no haya navegado nunca. Difícil pensar en algo más fértil que el universo náutico, real o figurativo: enigma de enigmas.
Hay que saber que los marineros tocan tierra y se van. El marino tierra adentro nunca es sordo al llamado del mar, pero tampoco es sordo al llamado de su hogar.
El portero.
Mi negro
Hotel de 1000 estrellas
Plan A
Al suave
Parcelas de la vida
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| Foto Charlotte Hubert |
Mauricio Iraheta Olivo.
LA FIESTA
ESTABA suave el sol, el aire limpio y el cielo prácticamente sin nubes. Hundida en la arena, humeaba la olla de barro. En el camino del mar a la boca, los cangrejos pasaban por las manos de Marina Oviedo, maestra de ceremonias, que los bañaba en agua bendita de sal, cebollas y ajo.
Había buena cerveza. Sentados en rueda, los amigos compartíamos la cerveza y los cangrejos y el mar que se abría, libre y luminosa, a nuestros pies.
Mientras ocurría, esa alegría estaba siendo ya recordada por la memoria y soñada por el sueño. Ella no iba a terminarse nunca, y nosotros tampoco, porque somos todos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso, y eso lo sabe cualquiera, por poco que sepa.
Mauricio Iraheta Olivo.
FE de errata
Quiero informar que el párroco del barrio me absolvió de
pecado por aquel fallo involuntario de penal ocurrido en 1986. Tal desacierto, se llevó a cabo en un juego de futbol en el pasaje Santa Clara de la Colonia
Costa Rica. Donde con un chuntapie hice volar la pelota por los cielos, junto con el de mi zapato izquierdo.
El cura me considera ahora ¡pecador perdonado! Y sostiene que a tal edad -cinco años- el desacierto al gol, más que un error de pie, fue un error de mal nudo de zapato hecho por mi madre.
El cura me considera ahora ¡pecador perdonado! Y sostiene que a tal edad -cinco años- el desacierto al gol, más que un error de pie, fue un error de mal nudo de zapato hecho por mi madre.
El portero.
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