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Entender la muerte

La idea de escribir sobre este tema me a surgido luego de leer como algunos países europeos han aprobado el uso de la eutanasia. Sin duda el tema es polémico y permite múltiples posiciones.

Sin embargo creo importante partir del hecho de que la muerte pertenece a la vida. Y la vida pertenece a la eternidad, que es la realización plena de las virtualidades de la vida. Igual que somos responsables por nuestra vida, también debemos ser responsables por nuestra muerte.

Tenemos derecho a una vida digna y también a una muerte digna. Este derecho muchas veces nos es negado por vernos obligados a depender de aparatos y de medicamentos que nos prolongan la vida en un sentido meramente vegetativo, insuficiente para una vida integral mínimamente humana.

La vida como auto-organización de la materia se presenta como el fruto más elevado de la evolución y, en una perspectiva espiritual, representa el mayor don de Dios. Incluso así, como seres éticos, somos responsables por el comienzo de la vida y también por el fin de la vida.

Antiguamente las Iglesias se resistían a acoger la planificación familiar pues imaginaban, erróneamente, que era interferir en el designio de Dios de introducir vida en el mundo. Hoy las mismas Iglesias enseñan el planeamiento familiar responsable. Enseñan, además, que todo ser humano tiene derecho a morir humanamente. Cabe al propio ser humano, mortalmente enfermo, decidir de manera calificada la prolongación o no de su estado irreversible. Si está impedido de hacerlo toman su lugar los familiares y los médicos.

Esto implica que el médico haga todo para curar a su paciente y proporcionarle los medios para aliviar su dolor, pero no significa que deba recurrir a tratamientos extraordinarios para prolongar la vida o postergar la muerte, sobre todo, en situaciones límite. Una terapia sólo tiene sentido cuando se ordena a la rehabilitación y a la restitución de las funciones esenciales y vitales, y no a garantizar simplemente una vida vegetativa. Hay que “dejar morir”, que no es lo mismo que “hacer morir”.

El cuidado del enfermo no debe ser sólo cosa de los médicos y enfermeras, sino también de los familiares, de los consejeros espirituales (sacerdotes, pastores, rabinos, etc.) y de los amigos más próximos.

Deben respetarse las convicciones y las creencias religiosas del enfermo, especialmente el sentido que da a la vida y a la muerte. En caso contrario le haremos violencia, siempre en el supuesto de que la vida es el bien supremo en nombre del cual ninguna visión, ideología o convicción religiosa contraria puede prevalecer.

Para el cristianismo –la religión de la mayoría de pueblo salvadoreño- la muerte no es un fin sino un peregrinar hacia la Fuente originaria de toda vida. No es diluirse en el polvo cósmico sino un caer en los brazos del Padre y Madre eternos que tienen infinita nostalgia de sus hijos e hijas peregrinos. Estamos naciendo y con la muerte acabamos de nacer. De esta manera la muerte pierde su carácter de interrupción brutal del ciclo de la vida para transfigurarse en una travesía bien-aventurada hacia la plenitud de la vida.

San Francisco de Asís, el primero después del Único, murió cantando, agradeciendo a la vida por todo lo que le había proporcionado. Morir es entonces cerrar los ojos para ver mejor, como dice José Martí, el mayor de los cubanos. Ver el sentido del universo y nuestro lugar en el conjunto de todos los seres, cargados por el Misterio en el que nos sumergiremos.

Tales visones ayudan a humanizar la muerte y a desdramatizar los casos terminales. Pues no vivimos para morir; morimos para transvivir, resucitar, para vivir más y mejor, como creemos los cristianos.

Mauricio Iraheta Olivo

Vida de Perro

Perros ahuacateros en ciudad de San Salvador.

Sucedió en los días de verano, cuando en el jardín por donde siempre pasaba me esperaba todos los días, durante una semana, un extraño perrillo (algo poco curioso de ver en la misma universidad). En sí no tenía nada de particular. Era un perro callejero, nosotros salvadoreños diríamos -un perro ahuacatero-. Pero allí me esperaba fielmente. Y cuando pasaba, me seguía los pasos hasta que salía del jardín. Yo cruzaba el corredor, lo miraba como quien se despide, maravillado, y seguía a mi destino. Él, desaparecía. Y así me siguió de lunes a viernes. Empecé a preguntarme el por qué de algo tan raro. Me vino a la mente otra idea ligada a C. G. Jung, que en esos días yo leía con entusiasmo. Él lanza la hipótesis de arquetipos que brotan en nosotros, ancestrales, cósmicos, vegetales, animales y humanos. ¿No estaría a lo mejor ante un arquetipo ancestral que emergía en ese perro de la calle buscando a un similar que habitaba en mí?

En estos pensamientos andaba yo. Cierto día decidí poner en claro el asunto con el propio perro. De repente, giré hacia él y le pregunté en: ¿quieres ser gente? Y cual no sería mi sorpresa al ver que salía corriendo disparado. De vez en cuando paraba, me miraba, y seguía corriendo. Lo hizo tres veces hasta desaparecer.

Feliz él. Al oír el castigo que quería imponerle, invitándolo a ser gente, escapó como el diablo de la cruz. Me pareció haber escuchado como desde lejos y con su mirada me decía: “ ¿Yo dejar de ser perro y volverme gente? La vida de perro es mucho mejor, no sólo en el jardín de la universidad; en cualquier parte del mundo.'' Yo, por ejemplo, envidio a mi  perro de raza labrador. El no se angustia como yo, juega todo el día, sale a caminar al parque, contempla con su olfato cada flor y no le falta comida, médico y cariño.

Como quisiera que los niños de El Salvador tuviesen este destino de perro. Miles de ellos en el campo y en la ciudad a veces no gozan de los tres tiempos de comida, no juegan todo el día, no tienen parques donde caminar, médico ni cariño. ¿Por qué? Es una pregunta para reflexionar entre todos. Ahora puedo entender por qué el perrillo ahuacatero no quiso ser gente. Tendría que dejar el paraíso perruno e ingresar en el infierno terrenal. ¿Hasta cuando dejaremos que los perros tengan mejor suerte que nuestros niños?

Mauricio Iraheta Olivo

La era mortal

Actualmente aunque muchos lo ignoren o quieran ignorarlo, estamos todos sentados encima de paradigmas civilizacionales y económicos fallidos. Y es lo que nos revela la actual crisis global con sus varias ramificaciones. A corto y a medio plazo no hay nada que se presente como consistente. Somos pasajeros de un avión en vuelo ciego. Lo que se ofrece es hacer correcciones y controles a la Keynes, que en el fondo son cambios en el sistema, pero no cambios del sistema. Pero es el sistema el que se presenta como insostenible, incapaz de ofrecer un horizonte prometedor para la humanidad. Por eso, se demanda otro sistema y otro paradigma de habitar este pequeño, viejo, devastado y superpoblado planeta. Es urgente porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra y tenemos poca sabiduría y escaso sentido de cooperación. 

Por causa de los intereses de los poderosos que no hacen lo necesario para evitar lo fatal, las soluciones que están siendo puestas en marcha en el mundo van en la línea de «más de lo mismo». Esto es absolutamente irracional, pues ha sido ese «mismo» lo que nos ha llevado a la crisis que puede evolucionar hacia una tragedia completa. 

Estamos, pues, enredados en un círculo vicioso letal. Les guste o no a los economistas —«los salvadores» del mundo—, tenemos a la vista dos puntos muertos: uno humanitario y otro ecológico. 

El primero es de naturaleza ética: la conciencia planetaria, surgida como consecuencia de la globalización, suscita la pregunta: ¿cuánta inhumanidad y crueldad aguanta el espíritu humano cuando verifica que el 20% de las personas consume el 80% de toda la riqueza de la Tierra, condenando al resto a la cruz de la desesperación, acorralada por los límites de la supervivencia? ¿Aceptará el veredicto de muerte sobre ella… o se resistirá, se indignará y finalmente se rebelará por instinto de supervivencia? El ideal capitalista de crecimiento ilimitado en un planeta limitado ya no se puede seguir proponiendo o sólo bajo una gran violencia. 

El segundo es el límite ecológico: El capitalismo creó la cultura del consumo y del desperdicio, cuyo prototipo es la sociedad norteamericana. Generalizar esta cultura —ya se han hecho los cálculos— necesitaría dos o más Tierras semejantes a la nuestra, lo que hace el proyecto irrealizable. Por otra parte, hemos llevado al límite los recursos y servicios de la Tierra y los sobrepasamos en un 40%. Todas las energías alternativas a la fósil, manteniendo el consumo actual, cubrirían solamente el 30% de la demanda global. Como se ve, dentro del mismo modelo, somos un sapo que se va cociendo lentamente sin posibilidad de salirse de la olla. 

Hay tres propuestas creativas: la economía solidaria, que no se guía por el objetivo capitalista de maximización del lucro ni por su apropiación individual; el cambio de monedas regionales, y la tercera es la de la biocivilización y la Tierra de la Buena Esperanza, una propuesta del economista polaco que actualmente esta dirigiendo un centro de investigación en Paris: Ignacy Sachs. Esta propuesta da un lugar central a la vida y a la naturaleza, considerando a países como: Brasil, Chile y Argentina. El lugar donde se anticipa. Las tres son posibles, pero todavía no han acumulado fuerza suficiente para ser hegemónicas. 

Ellas tal vez podrían salvarnos. ¿Pero tendremos tiempo hábil? Bien decía Gramsci: «lo viejo no acaba de morir y a lo nuevo le cuesta nacer». No se desmonta una cultura de un día para otro. Quien está acostumbrado a comer filete de lomo, difícilmente se resignará a comer huevo. 

Mi sentimiento del mundo dice que vamos al encuentro de una formidable crisis generalizada que nos llevará al límite de la supervivencia. Cuando el agua nos llegue a la nariz, haremos todo para salvarnos. Posiblemente seremos todos socialistas, no por ideología sino por necesidad: los escasos recursos naturales serán repartidos ecuánimemente entre los humanos y los demás vivientes de la comunidad de vida. 

San Agustín sabiamente enseñó que hay dos factores que producen en nosotros grandes transformaciones: el sufrimiento y el amor. Debemos aprender ya ahora a amar y a sufrir por esta única Casa Común a fin de que pueda ser una gran Arca de Noé que albergue a todos. Entonces la Tierra de la Buena Esperanza sí será señal de un Jardín del Edén que todavía está por venir.

Mauricio Iraheta Olivo

El arte de mirar

Pintura que decora un pequeño café en San Marcos Atitlán.

Desde que me tengo por gente, la escuela enseña análisis de textos. Pero todo texto se teje con los hilos del contexto en que fue escrito. Cuanto más próximo se encuentra el lector de la coyuntura en que se produjo el texto, tanto mejor capta su pretexto, el significado. Un alemán tiene más posibilidad de entender, con su sensibilidad, el universo de las obras de Goethe, igual que un salvadoreño siente el aroma de la culinaria descrita en las novelas de Claudia Lars.

¿Para qué sirve estudiar literatura? Entre otras razones, para leer con más acuciosidad el libro de la vida, cuyos autores y personajes somos nosotros. Quien lee sabe distinguir entre arte y panfleto, juego de rimas y poesía, experimentalismo barato y ficción de calidad. Leer es un ejercicio de escucha y de exploración. Por eso, mientras no lleguen nuevos avances tecnológicos, tengo la impresión de que leer un libro en Internet es como ver la foto de un atardecer sobre la playa del litoral salvadoreño. Prefiero contemplar esa maravilla en vivo.

Hasta en la adultez tuve en cineclub mi primera educación de la mirada. Tras la exhibición del filme, los debates dejaban ver nítidamente la diferencia entre obra de arte y mero entretenimiento. Se cultivaba la sensibilidad, saturada por las series melodramáticas de los culebrones de Hollywood, e insaciada ante los grandes maestros del cine. La pesadez repetitiva del humor televisivo nunca producirá un Chaplin.

Hoy la imagen ocupa en nuestros ojos más espacio que el texto, gracias a la universalización de la televisión. No obstante, la escuela parece no darse cuenta de que vivimos en una era de la imagen. O peor aún, compite con la televisión en arrogante indiferencia o desprecio. Dentro del aula de clase todavía predominan la narrativa textual, la palabra escrita, la secuencia enmarcada por comienzo, medio y fin, señales de la historicidad. Fuera de la escuela recibimos la avalancha de imágenes, el vertiginoso coctel que confunde pasado, presente y futuro, la narrativa reventada por el recorte deslucido de los clips, la cultura rebajada a diversión vacía.

Mientras la escuela se esfuerza, al menos teóricamente, por formar ciudadanos, la televisión forma consumidores. Si hoy en día los alumnos son más indisciplinados que antes es porque no pueden -todavía- cambiar al profesor de canal. ¿Por qué no destronar la televisión como reina del hogar y llevarla a la sala de clase? Llegó la hora de emanciparnos del tiránico monólogo televisivo. Se puede estar en desacuerdo con un periódico y escribir a la sección de cartas de los lectores, o protestar por la radio, llamando a la emisora. ¿Cómo se queja uno a la televisión, que es una concesión pública utilizada en función de intereses y ganancias privadas? El mejor recurso es invertir la relación: que ella pase a ser objeto y nosotros sujetos.

Imagino a los alumnos en el aula de clase analizando programas de televisión y cortos publicitarios; transformando el juego de emociones -fotos, sonidos, movimientos- en objeto de la razón, descodificando los contenidos de los programas y la carpintería de la producción televisiva. Actores y productores de televisión serían recibidos en las aulas; examinada la calidad de los productos ofrecidos; y se abriría un debate sobre la ética implícita en los programas de audiencia, donde los pobres y los nordestinos son ridiculizados, y en la publicidad, que reduce a la mujer a sus atributos físicos como carne de cañón.

Ver televisión en la escuela es educar el mirar. Y de ese modo dar un paso importante rumbo a la democratización de los medios de comunicación, pues las instituciones de enseñanza también deben tener sus radios comunitarias y producir videos. Sólo una mirada crítica nos abre el horizonte de la ciudadanía y de la democracia real. En caso contrario corremos el riesgo de ver cada vez más caras y menos corazones, y creer que el predominio de la estética dispensa de la ética y de confiar en que los sueños son sólo capullos que no engendran mariposas de la utopía.

Mauricio Iraheta

Noción sobre el Estado Salvadoreño

Actualmente en El Salvador la Corte Suprema de Justicia (CSJ) vive un momento de desvaríos. La razón suele ir de vacaciones y la sensibilidad queda a flor de piel. En la familia y en el trabajo, en el club y en la iglesia, todos manifiestan opiniones sobre la coyuntura política y los magistrados. 

El tono varía desde la palabrota y el descalificar todo el árbol genealógico de los políticos hasta la veneración acrítica de quien los juzga perfectos. La lengua se agudiza para difamar o alabar a los magistrados. El marido discute con la mujer, el padre con el hijo, el amigo con el amigo, cada cual convencido de que tiene el mejor análisis sobre los servidores públicos... y todos parecen ignorar que vivimos en una relativa democracia en que reina la diversidad de fuerzas políticas, aunque impere la ideología de las élites dominantes. 

Hay un tercer grupo que insiste en mantenerse indiferente a la coyuntura nacional, aunque no lo consiga en relación a los políticos, todos ellos considerados corruptos, mentirosos, aprovechados y/o demagogos. 

El problema es que no hay salida: estamos todos sujetos al Estado. Y éste es gobernado por el partido victorioso en las elecciones. Por tanto, quedarse indiferente es una forma de darle un cheque en blanco, firmado y de valor ilimitado, a quien gobierna. Y tanto el gobierno como el Estado, con perdón de la redundancia, son absolutamente indiferentes a nuestra indiferencia y a nuestras protestas individuales. 

Es comprensible que a una persona no le guste la ópera, la zanahoria, el color gris o viajar en avión. E incluso ni la política. Pero es imposible ignorar que todos los aspectos de nuestra existencia, desde la primera respiración hasta el último suspiro, tienen que ver con la política. 

Incluso la clase social en la que cada uno nació tiene que ver con la política vigente en el país. Si hubiera menos injusticia y mejor reparto de los bienes de la Tierra y de los frutos del trabajo humano, ninguno nacería entre la miseria y la pobreza. Como ninguno de nosotros escogió la familia ni la clase social en que vino a este mundo, todos somos hijos de la lotería biológica. Nuestra condición social de origen resulta del mero azar. Y no debiera ser considerado privilegio por quien nació en las clases media y rica, sino una deuda social para con aquellos que no tuvieron la misma suerte. 

Estamos ministerializados desde el nacimiento hasta la muerte. Al nacer, el registro va a parar al Ministerio de Justicia. Al ser vacunados nos inscriben en el Ministerio de Salud; al entrar en la escuela, al de Educación; al obtener un empleo, al de Trabajo; al sacar el carnet de conducir, al del Interior; al jubilarnos, al de Seguro Social; al morir, regresamos al Ministerio de Justicia. Y nuestras condiciones de vida, como sueldo y alimentación, dependen de los Ministerios de Hacienda, así como del modo en que el Banco Central administraba la moneda nacional y el sistema financiero. 

En todo hay política. Para bien o para mal. Puedo no saber lo que tenga que ver la política con la cuenta del supermercado o el valor de la matrícula escolar. Muchos ignoran que la política se hace presente hasta en el calendario. No que determine las estaciones del año, aunque tenga mucho que ver con sus efectos, como inundaciones, sequías y derrumbes. ¿Ya advirtió que diciembre, el último mes del año, deriva de diez; noviembre de nueve; octubre de ocho; y setiembre de siete? 

Antes el año era de diez meses. El emperador Julio César decidió añadir otro mes en su honor, y de ese modo nació julio. Su sucesor, Augusto, no quiso ser menos y creó agosto. Como los meses se suceden alternando 31/30, Augusto no admitió que su mes tuviera menos días que el de su predecesor; por lo cual obligó a los astrónomos de la corte a equiparar agosto y julio en 31 días. Ellos no se hicieron de rogar: quitaron un día de febrero y resolvieron la cuestión. 

Y en El Salvador para mejor o para peor, los que nos gobiernan son escogidos por el voto de cada uno de nosotros. Y gracias a los impuestos que pagamos ellos administrarán -bien o mal- los millones recaudados por el fisco, incluidos los salarios de los políticos y el costo de sus gabinetes de trabajo y sus respectivos viáticos. 

Haga como el Estado: deje de lado la emoción y piense con la razón. Las instituciones públicas no tienen vida propia. Son movidas por políticos y personas designadas por ellos. Todos esos funcionarios públicos, comenzando por el presidente de la República, son empleados nuestros. Deben presentarnos cuentas. Tenemos el derecho de cobrar, exigir, presionar, reivindicar, y ellos tienen el deber de demostrar cómo responden a nuestras expectativas. 

Convénzase de esto: la autoridad es la sociedad civil. Ejérzala. No vuelva más a dar su voto a corruptos ni se deje engañar nuevamente por la propaganda electoral. Participe por su futuro. Exija la justicia social y el derecho de los pobres a su dignidad, y la soberanía nacional. Llego el momento de construirnos como pueblo libre y creativo, y no mero eco de la voz de otros. De este esfuerzo podrá nacer entre nosotros los primeros brotes de otro paradigma de civilización que tanto necesita El Salvador. 

Mauricio Iraheta Olivo

El gran aviador

Jaime Ramón Orlando Olivo Avila (1983)
El corazón de Jaime Ramón Orlando Olivo Ávila, (1963-1995), lleno de arte y de amor, se paro en la noche del 21 de junio de 1995, un miércoles, a causa de su gran pasión: “volar”. Entró en el “encantamiento”, como diría Guimaraes Rosa. A causa de un accidente cuando piloteaba un bimotor Dournier, de San Salvador hacía la ciudad de Guatemala. Una noche donde la lluvia era tan intensa que azotaban vientos huracanados, obligando a realizar un aterrizaje de emergencia donde pereció junto al copiloto Joel Omar Chavez y el piloto observador Rigoberto buenaventura. Según información de la torre de control, ese día se perdió contacto radial y de radar a las 23:11 horas, cuando Jaime anunciaba sus aproximación al aeropuerto La Aurora, de Guatemala, y reportaba dificultades para poder continuar el vuelo.

En sus años de juventud estudio en el Liceo Salvadoreño, donde gustaba de practicar futbol, natación y atletismo, y quien por ello fue apodado de cariño como “el majahual” y “el tortugo”. Sus grandes amigos en aquellos tiempos eran: Leopoldo Rivera Ticas “Polo cabezón”, José Humberto “la cholera" o "beto”, Martín Aguilar “El seco palotes”, Carlos Escobar “El chato” y Carlos Alejandro Morán “la nalga”. 


Jaime Olivo en los intramuros del Liceo Salvadoreño (1981)
Luego de graduarse de bachiller a sus cortos 18 años, se enlisto en la Escuela Militar Salvadoreña, y su trayectoria comenzó como todos, siendo un soldado más que debía soportar el régimen y la disciplina del cuartel militar. Durante esos años hizo nuevos amigos y hermanos, algunos partieron antes que él a causa de su lucha en el conflicto de la guerra civil: Chino Aparicio (quien pereció en el ataque que le hicieron al helicóptero del general Monterrosa), José Herrera Pimentel (piloto de helicóptero derribado en combate), Ricardo Guzmán Lara (piloto de helicóptero derribado en combate). Y otros que todavía viven y ejercen el servicio militar como: Nelson Hernádez Díaz

Pedro Sorto, Jaime Olivo y Jose "Picky" Castro en los primeros meses que se en listaron a la escuela militar (1981)
La promoción a la cual Jaime pertenecía la bautizaron como "Los desmadrados", apodo atribuido porque fueron jóvenes que no contaron con el mismo entrenamiento recibido al de otros militares, ya que debido a la coyuntura del conflicto de ese año, les toco aprender en 3 meses lo que a otros les demoro 1 año. Porque una vez enlistados en noviembre debían estar listos para incorporarse al combate en enero de 1982. Es importante mencionar que mucho de aquellos compañeros de esta promoción lo componían jóvenes entre los 18 y 21 años. 

La trayectoria de Jaime como aviador se hizo por casualidad. Cuando un día por la noche, estando con toda la tropa de soldados en el cuartel “El Paraíso” en Chalatenango, recibieron la visita de oficiales militares, quienes buscaban voluntarios para que recibieran entrenamiento en el manejo de aviones y helicópteros, y así formaran parte de la Fuerza Aérea Salvadoreña. Fue ese día, donde decide unirse y aprender el arte que tanto le apasiono en sus próximos años. 

Un dato histórico marco ese mismo día en El Paraíso, y es que horas luego de partir de aquel cuartel militar, el recinto fue sorprendido por un ataque de la guerrilla, donde perecieron todos los soldados de aquella tropa militar a la cual el formaba parte. 

Jaime Ramón Orlando Olivo era además de aviador, mi tío y padrino, y el mayor de los cuatro hijos que tuvieron mis abuelos maternos. Una vez escuche decir de un buen amigo jesuita que: «Hay siempre un sentido de Dios en todos los eventos humanos: es importante descubrirlo». Y mientras muchos hasta hoy seguimos buscando ese sentido que solamente en la fe podemos sospechar. Jaime lo logró descubrir y organizarlo en tres: Jaime Eduardo, María Liliana y José Ricardo. Sus tres hijos y amores. 

Recuerdo también una vez que estando en la casa de mis abuelos, en horas de la tarde comenzamos a escuchar un sonido extraño, lo mas parecido a lo que podría asociarse al “latido del cielo”. Este sonido poco a poco iba ganado fuerza, al punto de escucharse tan fuerte y tan cerca que parecía estar sobre nuestro techo. Y efectivamente, al salir al jardín, aquel sonido a latido no era más que el de las hélices de un helicóptero UH-1H (modelo de los helicópteros utilizados en la guerra de Vietnam) y que era conducido por un piloto intrépido, que lo conducía hasta con cierta poesía, formando esferas elegíacas y círculos sobre la casa. Repetidas veces la escena fue la misma, a veces cuando nos encontrábamos afuera de la casa escuchábamos aquel sonido singular, cuando de repente aparecía aquel piloto que desde el helicóptero con los brazos extendidos saludaba con cierto ademán diciendo adiós. Recuerdo muy bien la imagen de una tarde jugando a la pelota frente a la casa, cuando estando con mi abuela Estela, vemos a mi tío pasar en el helicóptero, con sus ojos llenos de lagrimas de madre y su boca temblorosa decía simplemente: "¡Hay mi hijito!" 


De izquierda a derecha los cuatro hermanos: Osmin Antonio Olivo, Lidice Lorena Olivo, Romel Olivo y Jaime Ramon Olivo (diciembre 1970)
Mi madre Lidice Lorena Olivo y mi tío Jaime Ramón Olivo (1974)
José Ignacio Lopez Vigil, en su libro “Las mil historias de radio venceremos”, en su historia el arambalazo (nombre debido al municipio de Arambala, ubicado en Morazán) relata como el día 15 de septiembre de 1985 se da un ataque en las montañas de oriente entre guerrilleros y militares. Ese mismo día el piloto del helicóptero Hughes 500 o la avispita como le llamaban, recibe la orden de apoyar el combate que se vivía en la zona. Esa mañana del enfrentamiento, el piloto se ve obligado en realizar maniobras casi a ras del suelo contra las ametralladoras M-60 de la guerilla. En el momento del combate, la radio venceremos por su rastreo de las comunicaciones, logra captar la comunicación entre el piloto y la base aérea, escuchándose decir en el momento del enfrentamiento: “Me quebraron el culo” (palabras del piloto), y efectivamente fue así, no por el hecho de haberlo derribado sino porque fue ahí donde le atravesó la bala, que lo obliga a realizar un aterrizaje de emergencia en la base militar más cercana ubicada en San Miguel. 

Este fue el primer accidente aéreo que tuvo Jaime, quien a causa de la bala estuvo siete meses en el hospital militar, a base de cuidados y remedios. Luego logró recuperarse y con los meses siguientes solicito la baja de teniente y del servicio militar. Sin embargo su pasión por volar nunca se vio desfallecida. Quien cada vez que veía el cielo completamente azul sin nube a kilómetros solía decir: “Este es un lindo día para volar” 

Algunos datos curiosos en el cotidiano de los días de Jaime, era que tomaba a pecho el no dejar de ver cada sábado las películas de Pedro Infante, así como también de ser el chef en cada asado que se realizaba junto con la familia en la casa de playa en San Diego. Del recuerdo de aquellas celebraciones, eran ver las imitaciones que él hacía de ser Shamu (nombre de la orca que ofrecía espectáculos en Sea World, Miami), revoleteando y saltando por cada rincón de la piscina familiar. Fiel seguidor de los Dallas Cowboys y el Alianza o como bien decía él “El Alianzita”. 

Jaime Ramón Olivo, cocinando un cerdo en la casa de playa San Diego (1994)
A medida transcurrían los años, se incorporo a la empresa COMATRA, que prestaba servicios de correos en Centroamérica. Fue en esa labor en que ocurrió su último viaje. El accidente tuvo como escenario las montañas de Fraijanes en Guatemala, largas horas de búsqueda dieron inicio por parte de bomberos, cuerpos de rescate y de familiares, como nuestro tío Manuel Isidro quien no vacilo y acompaño la travesía de la búsqueda al momento de saber la noticia. Si aquella noche como familia hubiéramos imaginado para mi tío Jaime el paso más delicado de esta vida a la otra, ciertamente no hubiéramos tenido la suficiente fantasía como para imaginar lo que sucedió. Esa noche estábamos durmiendo cuando ocurrió el accidente. Mientras el volaba de un sueño a otro, como una nueva aventura y alegría sin conciencia de su propio fin, tan alegre y humano como vivió sus 31 años de vida. Muy bien recuerdo las palabras de Manuel Isidro al momento en que mi madre le pregunto ¿cómo encontraste su cuerpo? ¿sufrió mucho? él simplemente extendiéndole un sobre con las pertenencias de Jaime, y abrasándola con cierta ternura le dijo: “Se quedo como vivió: con el semblante risueño”. 

Sin lugar a dudas, si la vida es una sorpresa, la muerte es sorprendente. Situados en esta existencia como resultado de un encuentro amoroso entre un hombre y una mujer, lamentamos abandonar el cálido nido del útero, el reino ajeno a la conciencia, la fruición permanente, el aflorar de los tejidos, de los músculos, de los miembros, de los órganos, del ser. De repente, en el transcurso de unos pocos meses, nos encontramos castrados del vínculo placentario y situados en el flujo planetario. 

Salimos bajo protesta. Los pulmones se hartan de llorar, el hambre y el desamparo nos impulsan a la búsqueda ansiosa del seno materno. Roto el lazo orgánico, sea bienvenido el abrazo afectuoso. He ahí la vida, la espaciosa vida, la lenta apertura a una aventura que culminará en la muerte. 

Fruto de la coincidencia del destino de esta vida, sucedió algo bello y especial entre mi tío y yo: el aniversario de cumpleaños. Ambos nacimos un 17 de julio. Y del recuerdo de aquellas celebraciones fueron sus obsequios que recibí de niño como: el uniforme de militar que me trajo de su viaje a EEUU, mis primeras "chimpinilleras" para jugar futbol, diferentes juegos de mesa o cuando celebre mis doce años, donde como un mago estrecho mi mano para felicitarme, y colocarme un billete de 100 colones. Vivencias de estos y más, forman ahora el aura de mis recuerdos, luces y detalles que terminaron convirtiendo a mi tío en mi héroe de aquella infancia, al que quería algún día imitar y convertirme como él lo hizo en piloto militar de la Fuerza Aérea Salvadoreña. 

Ciertamente la vida es un milagro excepcionalmente hermoso para encorsetarlo en los pocos años que nos son dados vivir. Jaime falleció a la edad de 31 años, la misma edad que ahora yo estoy cumpliendo. Y aunque mi sueño de ser aviador militar no lo pude cumplir, el sentimiento y la emoción que siento al escuchar el latido del cielo, o el de estar sobre un avión en dirección a cualquier destino, hacen que mi infancia reviva y se emocione, imaginando que es mi propio tío Jaime quien pilotea con su traje de piloto militar. 

Es un consuelo saber que Jaime no conoció el sufrimiento que acostumbra anteceder a la muerte: la decrepitud de la vejez, la corrosión de la enfermedad, la demencia, Transcendió haciendo lo que más amaba volando. Salió del capullo y se convirtió en mariposa para entrar en el encantamiento. 

Según el Génesis en el tiempo del diluvio cuando la paloma retorno a Noé, que esperaba en el arca, esta llevaba en su pico una hoja de Olivo como símbolo de que la tierra está nuevamente en paz con Dios. Seguramente Dios, en aquella noche del accidente le avisó que eran sus últimos momentos de vuelo terrenal. Y, al igual que las aves del cielo y los lirios del campo, ya no se preocuparía por lo que habría de comer o de vestir. Lo invito a despojarse de todo cuanto no era esencial. De ese modo su espíritu quedó libre, haciendo lo que más amaba. Siendo él esa misma noche la rama de Olivo que nos ofrendaba no solo paz, sino todo, porque si a Jaime se le dejaba a su aire, lo regalaba todo en vida: sonrisas, cariño, alegría, abrazos. Y, sobre todo, nos enseñó a amar, pues era todo afecto. Por eso la tragedia no puede tener la última palabra. La tiene la vida, en su esplendor solar. Por ello y mas, no me gusta el verbo morir. Prefiero utilizar la palabra “transvivenciar”. Por una cuestión de fe y de sentimiento. Cuando nacemos todos ríen y nosotros estamos llorando. Pero cuando transvivenciamos sucede lo contrario. 

Porque la muerte nos reduce al verdadero yo, sin los adornos de condición social, apellido, títulos, propiedades, importancia o cuenta bancaria. Es la ruptura de todos los vínculos que nos atan a lo accidental. Los místicos la encaran con tranquilidad para ejercer el desapego respecto a todos los valores finitos. Cultivan, en la subjetividad, valores infinitos. Y hacen de la vida un don de sí: amor. Por eso Teresa de Ávila suspiraba: “Muero por no morir”. 

Osmin Antonio Olivo, Jaime Ramón Olivo y María Estela Olivo
Jaime era un aviador profundamente espiritualizado. El consuelo es la certeza que vive ahora inmortalizado en el corazón de nuestra familia y sus amigos. Y en este 17 de julio que compartimos nuevamente nuestro aniversario, él desde su Bienaventuranza y yo desde esta vida terrenal. Quiero dedicarle como ofrenda de mi amor y cariño hacia él, estas sencillas palabras: 

«Jaime fueron treinta y un años, próximo a los de Jesús/Años de mucho trabajo y alegrías/de mucho fruto/de guardar el dolor de otros hermanos tuyos aviadores fallecidos/En tu propio corazón, como rescate/Eras límpido como la fuente de la montaña/Amable y tierno como la flor del campo/Tejiste, punto por punto, y en silencio/Un brocado precioso/Tres pequeños, fuertes y hermosos/Y tus padres, hermanos y sobrinos orgullosos de ti/Feliz tú, Jaime, pues el Señor al volver /Te encontró de pie, trabajando, volando/Lámpara encendida/Y tú caíste en su regazo/Para el abrazo infinito de la Paz/ Tu recuerdo es para nosotros canto, luz, camino y caricia/Ahora retraete de todo lo demás para solamente volar, porque es tu única e inapelable sentencia de vida». 


Jaime Ramón Orlando Olivo Avila  (1994)
¡Feliz cumpleaños! 

Mauricio Antonio Iraheta Olivo.
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