Mi abuelita se llamaba María
Estela Ávila de Olivo. Mi estrella-guía.
Como escribió Paco Pérez en su
Luna de Xelajú, era “una morena de dulce mirar”. Pero para quienes tuvimos la
dicha de amarla, fue mucho más que eso. Fue refugio, consejo oportuno, abrazo
silencioso y una mujer con sabor a eternidad.
Soy su nieto mayor, y hoy
comprendo que la vida vale por el sentido que imprimimos en ella. Mi abuelita
imprimió amor. Lo sembró en cada gesto, en cada oración, en cada acto de
servicio y en cada palabra de aliento que entregó a su familia.
Era una mujer de profunda fe
cristiana, y ese fue quizá su legado más grande. No me heredó riquezas
materiales, pero me dejó algo infinitamente más valioso: la certeza de que Dios
habita en la sencillez, en la bondad y en el cuidado de los demás.
Hoy su transvivenciación duele,
porque el amor verdadero siempre deja espacio para la nostalgia. Pero también
sé que la muerte no tiene la última palabra sobre quienes han vivido con
plenitud. Ella permanece en nosotros. En nuestras conversaciones, en nuestras
costumbres, en nuestras oraciones y en la manera en que aprendimos a amar.
Y permanece también tejiendo.
Sigue bordando, en el corazón de sus hijos, nietos y bisnietos, la ternura y el
amor que hicieron de su vida una bendición para tantos. Como un hermoso bordado
contemplado por el reverso, a veces sólo alcanzamos a ver hilos entrecruzados,
colores dispersos y caminos que parecen no tener sentido. Sin embargo, aun
desde ese lado, lleno de líneas vivas y entrelazadas, intuimos la belleza del
diseño que se revela al otro lado de la tela.
Quizá así sea también el misterio
de la vida y de Dios. Nosotros vemos apenas algunos hilos; ella, ahora,
contempla la obra completa. Y en esa obra permanece su amor, sosteniendo
silenciosamente la trama de nuestra historia.
Hoy mi abuelita Estela ha
transvivenciado.
No ha desaparecido de nuestra
historia; ha entrado más profundamente en ella. La fe sencilla que cultivó
durante toda su vida nos invita a creer que el amor no termina cuando el cuerpo
descansa, sino que encuentra una nueva forma de presencia.
Quienes amamos solemos pensar que
perdemos a quienes parten. Sin embargo, tal vez ocurre lo contrario: dejan de
estar frente a nuestros ojos para habitar más hondamente en nuestro corazón.
Me gusta imaginarla ahora en las
manos de Dios, contemplando por fin el lado hermoso del bordado que durante
tantos años ayudó a tejer con paciencia, sacrificio y ternura. Allí donde
nosotros vemos despedida, ella contempla plenitud. Allí donde nosotros sentimos
ausencia, ella experimenta encuentro.
Y porque el amor es más fuerte
que la muerte, sé que su vida continúa dando fruto en cada uno de nosotros.
Hay personas que pasan por el
mundo. Otras, en cambio, se quedan para siempre habitando el corazón de quienes
las conocieron.
Mi abuelita Estela pertenece a
estas últimas.
Y mientras exista alguien que
recuerde su sonrisa, repita sus enseñanzas o agradezca el amor que recibió de
ella, su luz seguirá encendida.
Por eso hoy no sólo la lloramos.
También la agradecemos.
Y al agradecerla, seguimos
amándola.
Porque el amor verdadero es la
única herencia que el tiempo no puede borrar.

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